“Vapeadores y cigarrillos electrónicos”, ¿un nuevo desafío de salud pública?

Desde hace más de una década se comercializan en el país estos dispositivos con nicotina de múltiples formas y sabores. Aunque cada vez son más populares y se venden sin restricciones, Colombia no ha sido capaz de regularlos. En medio de ese vacío, hay organizaciones que promueven su uso para abandonar el cigarrillo convencional, pero hay muchos médicos preocupados, pues temen que desaten otro problema de salud pública.

En Euphoria, la célebre serie de HBO que ha cautivado a miles de espectadores en el mundo, hay un personaje -Kat Hernández- que tiene un hábito particular: suele llevar a su boca un cigarrillo electrónico con forma de USB cada vez que aparece en escena. Lo utiliza en su alcoba, en las fiestas, en la calle y en la escuela. Vapear es un rasgo distintivo de su personalidad.

En la vida real hay muchos adolescentes con una rutina similar a la de Kat. Rani Dhiman, una joven de 16 años de Detroit, Estados Unidos, se lo resumía al diario The New York Times hace unas semanas. Ahora es muy común ver a jóvenes vapeando en los baños y en las escaleras de su escuela secundaria, decía.

Su testimonio sintetizaba la preocupación que hoy trasnocha a quienes se mueven en el mundo de la salud pública norteamericana: pese a las restricciones para poder comprarlos, los menores de edad acceden fácilmente a estos dispositivos. Alrededor del 11% de los bachilleres los usaba en 2021. Uno de los motivos es que algunas empresas se han estado saltando la regulación de la FDA (equivalente al Invima en EE. UU.) y han estado comercializando nuevamente “cigarrillos” desechables con sabores tentadores para cualquier paladar: limón, fresa, sandía y hasta crème brûlée.

La idea de no poder proteger a los más jóvenes de los efectos de la nicotina, un ingrediente esencial en la mayoría estos artefactos, atemoriza a cualquier persona que conozca la historia del tabaquismo. En su memoria guardan las cifras provocadas por uno de los negocios que más daño le han hecho a la humanidad: el cigarrillo (el convencional) mata unos ocho millones de personas cada año y otro 1,2 millones fallece por estar expuesto a humo de segunda mano. Es como si en doce meses desaparecieran los habitantes de Bogotá.

Como en EE. UU., hoy muchos países están haciéndose preguntas similares sobre estos productos. Algunos tienen reglas claras sobre su comercialización y consumo. Brasil optó por prohibirlos; Reino Unido permitió su venta con estrictas normas sobre la publicidad y la concentración de nicotina. Otros, como Colombia, están completamente rezagados en su regulación.

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